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lunes, 7 de julio de 2008

Llegada a Praga

Con casi total exactitud, llegamos a Praga y comienza el descenso para aterrizar.

Todo con normalidad. Me levanto, cojo el portátil que había metido en los compartimentos del techo y la mochila, y como es costumbre en los aviones, la gente se amontona en los pasillos impidiendo que los que ya hemos cogido lo nuestro podamos salir. Toca esperar. Enciendo los dos móviles para leer los típicos mensajes de "Puede usted utilizar su teléfono normalmente como en España conectándose a la red de la compañía X". Lo que no te dicen es la abusiva tarifa que te aplican en caso de que cometas la locura de seguir sus indicaciones.

Miro a la pareja que tenía detrás, para salir de dudas, y la chica era bastante atractiva; el tío la verdad es que no me acuerdo, pero tenían pinta de ser la típica pareja joven, que se había conocido por medio de internet, por sus comentarios. Para colmo, el tío tenía como melodía de mensajes una de las típicas subnormalidades que la gente se suele descargar por unos cuantos euros tras haber sido seducidos por la publicidad, bajo la promesa de ser los más molones de la ciudad o de captar la atención de todas las mujeres; en este caso se trataba de la voz de un niño pequeño llamándole papá...no me hace gracia. Y por si fuera poco, por cada mensaje que le llegaba, dejaba que esa horrible grabación sonara entera, esperando quizás que alguien se riera, comentara algo o le mirara sonriendo. "Ya nos hemos dado cuenta del tipo de persona que eres", pienso para mí.

Me dirijo rápidamente hacia la zona de recogida de equipajes. Una señora se me acerca y me dice que si sé checo o inglés, porque estaba intentando llamar y no podía. "¿Cómo sabrá que soy español?", pienso, y recuerdo que estaba sentada cerca de mí en Barajas, y que me escuchó hablar con una chica que me estuvo haciendo un cuestionario.

Escucho la grabación en checo y nada, lógicamente; luego en inglés y ya me queda más claro. Hay que marcar el código del país cuando llamas desde fuera, señora. Muy simpática ella y su marido, que resultan ser de Jaca, y tras hablar brevemente con ellos, descubro que también son practicantes del senderismo. Me preguntan y les digo que estaré seis meses; se alejan y me desean suerte sonriendo.

Por fin llega mi maleta, del doble de tamaño que el de las demás personas que probablemente vinieran a pasar uno o dos días. La cojo y salgo a la calle. Primer vistazo y no veo a nadie con mi nombre, y no puedo evitar pensar que se hayan podido olvidar; pero después de una segunda pasada veo a un tipo con aspecto parecido a Hagrid, de Harry Potter. Le saludo, me sonríe y nos dirigimos a su coche, aparcado fuera. Una furgoneta Mercedes nuevecita. "No está mal", pienso, y dejo que el doble de Hagrid coja mi maleta y la coloque en el maletero. Me siento atrás y arrancamos en dirección al hotel.

Sus movimientos pesados y lentos, me hacen recordar las palabras de Ángel: "muchos checos están acostumbrados al antiguo sistema comunista, donde sólo hacen lo que se les ordena, sin salirse lo más mínimo, y si pueden evitar hacer algo, no lo hacen". Me lo creo.

Comienza una carrera frenética hacia el hotel, donde éramos los únicos participantes y donde no había nada en juego, pero me imagino que sería el último trabajo de este señor y estaría deseando terminar para irse a casa. Pasamos a toda velocidad por carreteras, urbanizaciones y calles del centro. A medida que pasamos por algunos lugares voy recordando la ciudad, hasta que legamos al hotel.

En la puerta, un botones me recoge la maleta y pienso que no debería esforzarse en ser tan simpático conmigo porque no pienso darle propina. "Sorry, I've got no coins", le digo, y me sonríe diciendo que no pasa nada. Le digo al recepcionista que quiero hablar con la persona que me había llamado, y me hacen pasar al bar, donde espero a que llegue este señor. Miles de posibilidades se me ofrecen al pensar cómo sería este señor, pues solo había hablado con él por teléfono.

Su voz era la más tranquila que había oído jamás, dando la impresión de estar siempre cansado o drogado, pero me dice que es canario y que es así de pasota. Un tipo alto, con gafas, delgado, elegantemente vestido y repeinado me sonríe, me tiende la mano y se presenta.

Lo que sigue dentro del hotel no es realmente interesante para nadie: presentación de la directora, ver el hotel, hablar del trabajo...

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