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lunes, 7 de julio de 2008

El viaje a Praga

Comienza la aventura. Mientras salimos de Trujillo miro por la ventana pensando en cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a ver esas calles, esas tiendas, esas caras...puede que sean siempre las mismas, pero hasta que no te alejas de ello no te das cuenta de lo que significan esos pequeños detalles en tu vida.

Me consideraba una persona fuerte, pero cuando sientes tan cerca el hecho de que te marchas definitivamente, por mucho tiempo, sentí algo que no había sentido nunca, una mezcla de miedo y alegría. Miedo por dejar todo aquello que forma tu vida; aburrida y simple, pero tuya al fin y al cabo; alegría por poder volver a la ver la ciudad de Praga y poder finalmente emanciarme y vivir solo.

Salimos de Trujillo alrededor de las 10 en dirección a Barajas; el avión salía a las 15:35, pero prefiero esperar dos horas en el aeropuerto antes que perder el vuelo. Durante todo el viaje no paro de dar vueltas a la cabeza, miles de preguntas inundan mi mente, desde las más absurdas hasta la más trascendentales.

Como era de esperar llegamos con mucho tiempo de sobra, pero aprovecho para llamar por teléfono a algunos contactos de los pisos que había estado mirando en internet, con la esperanza de concertar alguna cita para el sábado por la mañana. No tenía ni idea, pero resulta que la gente de Praga suele irse fuera de la ciudad los fines de semana, así que solo consigo quedar con una chica rusa para ver su piso a las 9:30 del sábado; los demás me dicen que tiene que ser el lunes. Tengo la sensación de que me he equivocado cogiendo el vuelo en fin de semana, pero ya no hay nada que hacer.

Como sigue sobrando tiempo, decido llamar a mi hermano Pablo, que por suerte estaba de campamento; y digo por suerte porque no habría soportado tener que despedirme de él en persona. Simplemente cuando le llamé en el aeropuerto no pude terminar la conversación porque me entraron ganas de llorar. Como un idiota, me alejo en dirección contraria de donde estaba mi madre; me daba vergüenza que me viera llorar (¿qué iba a pensar de mi?).

Yo que siempre me he jactado de no llorar nunca, de ser frío en cuanto a los sentimientos y las emociones (no me gusta mostrar mis sentimientos), me doy cuenta de que estoy equivocado. Y por si fuera poco, me llaman mis abuelos, y continuando el drama, de nuevo las lágrimas. No pude resistir el hecho de que mi abuelo, esa persona a quien yo jamás he visto dar muestras de la menor debilidad emocional, cogiera el teléfono y me dijera entre sollozos que tuviera cuidado y que le trajera una bandera del país (colecciona banderas). "Vaya gilipollez para decir medio llorando", pensé.

Así que se acabaron las despedidas, tampoco me gustan. Se acerca la hora, y entre bromas nos acercamos mi madre y yo a la ventanilla de facturación. Dos ventanillas, 4 personas por delante, y en menos de 10 minutos coloco mi maleta en la cinta transportadora, y compruebo que el peso es de 22 kg. "Habrá que pagar", pienso, y le pregunto a la chica que tenía delante que cuánto había que pagar por esos kilos de más. Por suerte hasta 23 kg la compañía no cobra nada, así que perfecto. Me entregan la tarjeta de embarque y me dirijo a la cola para embarcar.

Y la última despedida: abrazo a mi madre, le doy dos besos, y antes de que me eche a llorar de nuevo, le digo que ya hablaremos. Veo como se dirige a la salida, me doy media vuelta y me dirijo hacia la zona de embarque sin mirar atrás y sin pensar en nada. Cojo la bandeja para colocar el portátil y todo lo que llevaba en los bolsillos; me dice un policía que ponga el portátil en una y lo demás en otra. Ni puto caso, paso de llevar dos bandejas, y no creo que me detengan por eso.

Pongo la bandeja en la cinta, la mochila detrás y paso por la zona de detección de metales.

Delante de mi un señor mayor se asusta y salta hacia atrás cuando la máquina empieza a pitar, pero resulta ser su cinturón...una nueva experiencia que este hombrecillo contará a sus amigos y familiares durante mucho tiempo.

Otro policía se dirige a mí para decirme que tienen que revisar mi mochila. ¿Tengo pinta de terrorista y/o de traficante? Yo creo que no, pero a alguién le tenía que tocar. Espero un rato, y al ver que estoy entorpeciendo la cola y que ese policía estaba entretenido con otra persona, cojo mi mochila y mi portátil; me alejo de allí temiendo que de repente alguien me agarre del hombro y tire de mí hacia atrás, pero nada, así que busco mi zona de embarque y me siento al lado de una señora mayor y de una chica joven, ambas con pinta de no ser españolas, y en frente de una pareja de españoles y de un chico con aspecto sudamericano.

Cojo mi guía de checo y compruebo que efectivamente el idioma es muy difícil, así que decido no quebrarme la cabeza de momento y escuchar algo de música para distraerme. "Ya tendré tiempo de aprender checo", pienso. Pocos minutos después de la hora prevista, por fin embarcamos, y me alegro al comprobar que mi asiento está casi al final del todo, en la parte trasera del avión, y que además los asientos de al lado están desocupados.

Delante de mí otra pareja de españoles, al otro lado del pasillo una pareja checa, y detrás de mi otros españoles que estuvieron casi todo el viaje besándose; no me hubiera importado de no ser porque se trataban de esos besos asquerosos y sonoros, como los que dan las abuelas cuando besan a un niño pequeño. En algunos momentos me entran ganas de darme la vuelta y decirles: "¿pero es que no vais a dejar nada para esta noche o qué?" Es de esas cosas que piensas y no haces, pero que siempre te quedas con el gusanillo ese de "qué pasaría si lo hago"

Despegamos, recuerdos de las sensaciones que se sienten al volar, foto del avión despegando y enciendo el mp3 para evadirme. Sin embargo, cuando el avión se estabiliza, no puedo dejar de seguir dándole más vueltas a la cabeza con las preguntas que me hacía antes, y que siguen rondándome. Lo mejor es no pensar.

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