El otro día estuve realizando uno de mis sueños frustados, concretamente el de ser mecánico. No hicimos gran cosa, pero me sentí mecánico por un día.
Quedé con Michael a las 9 en Luka, parada de metro de la línea amarilla. Para algunos pocos entendidos como Ángel, no hace falta decir donde está; para el resto, es una de las últimas estaciones del metro en las afueras de Praga. Nunca antes había estado allí, pero cuando llegué la sensación fue sobrecogedora. Me impactó muchísimo más que Haje o Nove Butovice, era como una colmena gigante. Bloques de pisos de 8 alturas todos iguales en cuanto a diseño y color, en forma circular envolviendo un solitario parque con bancos para sentarse y otras instalaciones que deberían servir para que los niños jugaran, desvencijados y oxidados por el tiempo, de dudoso cumplimiento de las normas de seguridad vigentes en España; es decir, sin escatimar en partes puntiagudas.
La imagen era bastante miserable, pero bueno, esa es la verdadera realidad de la mayoría de la población de la ciudad, supongo.
Quedé con este como digo, para “mecaniquear”, como él dice. Resulta que hace tiempo compró un Rover pequeño que utiliza para experimentar y para entretenerse, porque como él dice, “los carros son mi única válvula de escape”. El coche este tiene un sistema muy curioso en las suspensiones, hidráulico; no lo llevan muchos coches, y menos los pequeños, suele ser más bien de coches más caros. Le sacó el líquido y ahora meterlo de nuevo a presión cuesta no se cuántas coronas, pero dice que no quiere gastarse más en el coche. Me propuso dármelo porque dice que está harto de él, que se ha gastado un montón de dinero en él ya; me dijo que me lo llevara a España en lugar de irme en avión…la idea es tentadora, pero no estoy como para gastarme dinero en un coche que no me garantiza llegar al destino, jeje.
Por fin pude conducir en la República Checa, me vino a buscar con un coche pequeño que tiene y me dejo conducir. Aquí no es como en España para poder conducir otros coches, resulta que con llevar los papeles del coche en regla no te dicen nada, no pasa nada si no está a tu nombre…no sé si será mejor o peor que en España, pero ahí queda eso. Le digo que no tengo la licencia de conducir encima, la tengo en casa, pero me dice que no pasa nada, que él la tiene vencida desde hace un año. Me cuenta que una vez le pararon y le dijeron que estaba caducado, pero empezó a liarles contándoles que esa era la fecha de expedición y como estaba en español, pues después de pelear un rato no pasó nada…¿realidad o ficción? No sé, pero ya presencié su habilidad con la policía una vez que le pararon en el metro y no llevaba el ticket de transporte, así que no me sorprendería.
Estuvimos sacándole el líquido del freno al Rover, para cambiárselo. Cuando terminamos nos pusimos con el coche de la hermana de su novia, que había que cambiarle la radio, las varillas del maletero y mirarle los frenos, que sonaban raro cuando frenaba y tenían un comportamiento extraño. En eso echamos la mañana, a cero grados y medio lloviendo, pero es lo que hay aquí en esta época; se nota que en las afueras hace más frío que en el centro.
Después, fuimos a buscar a su novia a la universidad y nos fuimos a un pueblo a 40 kilómetros de Praga, para ver un coche “desbaratao”, como dice él. Se dedica a comprar coches que tienen algunos desperfectos fáciles de arreglar, los repara y los revende. Y debe de sacar algo de dinero, porque sigue haciéndolo y además así se entretiene. En Cuba se dedicaba a trabajar en un taller también. También me cuenta historias de Cuba, de la vida allí y cómo no, de cómo el comunismo hace la vida imposible. Me cuenta algunas de las trampas que se hacían allí para poder sacar dinero de donde fuera; los precios de los carros: “¿sabes cuánto vale un Lada de esos en Cuba?”, me pregunta señalando un Lada Niva. “6.000 dólares”. No me parece mucho para nosotros, pero me imagino que para un ciudadano cubano será una riqueza.
Gracias al GPS llegamos al lugar, un pueblo perdido de la mano de Dios, en medio de un bosque precioso, muy denso y muy verde. Casitas pequeñas que se apilan alrededor de la que parece ser la única carretera de la localidad y algunas tiendas forman este enclave. No recuerdo como se llama, “Malá no se qué” (“Malá” significa pequeña). Entramos en el recinto de la casa donde nos recibe un tío alto, rubio, ojos azules y grandulón, con un mono azul lleno de grasa. Hay varios coches allí aparcados, y uno de ellos es que hemos venido a ver: es un Peugeot 206 descapotable, con capota dura. El coche mola mucho, pero está bastante dañado: le han chocado por detrás y tiene una de las ruedas de atrás desplazadas. Además, el motor tiene telarañas, así que llevará bastante tiempo sin ser arrancado. Después de que el experto lo examine, se lleva la decepción de que es demasiado costoso de reparar como para que merezca la pena. No pasa nada, otra vez será. Me fijo, y muchos coches de los que hay allí tienen matrícula francesa; después de que la novia de Michael hable con el señor, nos dice que la semana que viene irá a Francia a por más coches, que puede que traigan alguno parecido o igual. Me doy cuenta del negocio que existe aquí con eso de los coches chocados, porque hay muchos sitios donde los venden.
Allí compruebo de nuevo que fuera de Praga hace mucho más frío, y mientras volvemos miro por la ventana y veo los bosques de las afueras de la capital; miro el reloj y son las cuatro pasadas, pero ya está anocheciendo, y llueve ligeramente. Empiezo a pensar que lo que me decía una chica del hotel de que incluso a las 3 es de noche en diciembre. Eso me entristece, y más aún cuando pienso en la vida de la gente de esos pueblos pequeños de las afueras de Praga, con 10 casas mal contadas, las chimeneas humeantes, lloviendo y con la noche cayendo apenas llegas del colegio o de trabajar. Esto es una opinión personal, me imagino que habrá quien lo pueda aguantar e incluso le guste, pero para mí que sé que el sol existe y que hay gente que sonríe por la calle en otros lugares, me cuesta asimilarlo e imaginarme viviendo aquí mucho tiempo.
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