Ayer miércoles 22 de octubre fui a la ciudad de Kutná Horá, cercana a Praga. Es una hora aproximadamente en tren y la verdad es que es una visita que merece la pena, porque es poco tiempo (se puede ver en medio día) y es bonita.
Quedé en Hlavni Nadrazi por la mañana con Hiroko, para comprar los billetes del tren que partía a las 9:53, 258 coronas los dos, ida y vuelta. Otro argumento a favor de la visita. Cuando subimos al tren compruebo con felicidad que es uno antiguo, de esos de las películas de Agatha Christie, con sus compartimentos separados y todo, así que me encantó.
Sobre las 11:00 llegamos, y en la misma salida de la estación se toma el bus que te lleva hacia el centro. Nos bajamos en una de las paradas que había, para ver una iglesia cercana y el famoso Osario, junto con el cementerio anexo. Hay que pagar entrada, creo que 30 coronas porque colamos como estudiantes, pero bueno, es curioso de ver. Escucho a una de las guías hablando en inglés, diciendo que todos los huesos son de personas que han muerto por causas naturales...jeje, y mi mente empieza a imaginar macabras bromas sobre la procedencia de los huesos, pero me las guardo para mí porque luego cuando las cuento no suenan tan graciosas.
Luego volvemos a la parada, pero como la cosa no está muy clara sobre cuál coger, decidimos ir andando y así ver la ciudad...pero fue un error porque no había nada que ver en el camino hacia la plaza y la famosa catedral de Kutná Horá. Antes de llegar a la plaza pasamos por otra iglesia curiosa que tiene una sola torre a uno de los lados, y en el lado contrario tiene como los inicios de una torre similar, pero inacabada; me cuenta Hiroko que como por debajo del pueblo hay minas de plata, el peso de la segunda torre estaba haciendo que se hundiera el suelo, y tuvieron que dejarla inacabada. Curiosa historia.
Eso despierta mi interés por las cosas raras y le pregunto sobre la mina; resulta que se pueden visitar, así que ni me lo pienso y le digo que vayamos a informarnos. Llegamos y la visita de las minas es de una hora y pico, y el precio son 70 coronas (de nuevo colamos como estudiantes sin que nadie nos pida acreditación), así que nos decidimos a hacerlo.
Una de las guías resulta que habla español, y al escucharme se me pega durante toda la visita aprovechando para practicar, pero no fue pesada, es raro encontrar un checo amable. Nuestra visita es simultánea con otra de una excursión de adolescentes holandeses. Nos explican algo en la superficie y luego descedemos unos 60 metros bajo tierra, provistos de cascos, linternas y batas. Nos advierten de no usar ni móviles ni cámaras abajo porque la humedad es del 100%.
Bajamos unas escalreas interminables, y finalmente llegamos. Paseamos por una serie de túneles que a veces son tan estrechos que hay que pasar de lado, y eso que yo soy pequeño, y agacharse bastante para poder adentrarse por esos corredores.
Nos cuentan cosas curiosas, como por ejemplo las técnicas para identificar la plata en una oscuridad casi absoluta, o la salida, porque esa gente no contaba con linternas ni nada. La plata, mediante el olor o el sonido; y la salida, gracias al aire que sentían en la cara. Aunque lo pintan sencillo, no creo que trabajar en las minas fuera divertido. Se tardaban hasta dos horas en subir a la superficie desde los túneles más profundos...
Se me hace poco, pero me gustó; esperaba más acción y peligro, pero bueno.
Al lado del centro de interpretación de las minas está la plaza del pueblo, no recuerdo el nombre, y allí comemos en una pizzería por poco dinero. Luego seguimos por las calles y vamos hacia la famosa catedral. Como hay que pagar entrada me conformo con verla por fuera, sus jardines y hacer unas fotos.
Se nos acerca la hora de volver, porque aunque hay trenes cada dos horas, queremos tomar el de las 16:00, así que vuelta a la estación. Allí nos subimos en un tren que viene hacia Praga, pero nos dice el revisor en un inglés muy justo que tenemos que cambiarnos de tren en un pueblo que se llama Kolin; cuando llegamos a ese pueblo, vemos que en los indicadores del propio tren nos sigue indicando que el tren donde estamos va hacia Praga, así que decidimos no bajarnos del tren y seguir en él. Craso error; resulta que en el que vamos es un tren que va parando en todos sitios, y que tarda el doble de tiempo en regresar a Praga.
Pero bueno, en el tren vamos cómodos y aprovecho para echarme una siestita. Aunque estábamos mejor cuando nos hicimos los suecos y durante un rato del trayecto fuimos en primera clase, hasta que el revisor nos dijo que teníamos que irnos de allí. Pero estábamos solos en el vagón, no había nadie allí en primera.
Al llegar al piso estoy tan cansado que cancelo la cita que tenía prevista con un chaval para conversación checo-español, y la pospongo para el sábado por la mañana. Me ducho y aprovecho para ver unas pelis del Instituto Cervantes tranquilamente, en casa, que eso de madrugar y hacer turismo cansa bastante.
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